Análisis y opinión

Los siete pecados capitales que evitan que la empresa familiar llegue al paraíso

 

“Las empresas pueden ser el paraíso, pero solo las que no cometen los siete pecados capitales lo logran.”

No somos castigados a causa de nuestros pecados, son ellos los que nos castigan.

Jennifer Donnelly

Formar una empresa familiar puede convertirse en el paraíso: logrando la abundancia al lado de los que se aman y haciendo algo en lo que se cree. ¿Qué puede ser mejor? Lamentablemente, pocos emprendedores lo logran. Se estima que únicamente el 10% de los negocios familiares[1] llegan a su tercera generación.

Así como los pecados que en vida se cometen y que niegan la entrada al paraíso, aquellos que realizan los empresarios (ya sea por acción o por omisión) evitarán que sus compañías lleguen al edén. ¿Y cómo se ven estos? Sorpresivamente, muy parecidos a los que ya conocemos.

El primero y, quizás uno de los más obvios, es la avaricia. Hablar de esta en el contexto empresarial es complejo. Ningún jefe se encontraría en medio de problemas relacionados en fundar y mantener industrias si no hubiese un incentivo económico. Sin embargo, la búsqueda de la rentabilidad solo puede ser uno de los varios pilares de la compañía.

Elementos como los valores, el compromiso con la calidad y el servicio, así como la responsabilidad hacia los colaboradores y la comunidad deben complementar los cimientos del  negocio. En el momento en que estos puntos se ignoran, se comprometen la integridad y la ética, arriesgando la honestidad de toda la empresa, solo para incrementar ganancias. En ese momento se peca de avaricia.

Cuando el empresario mira con envidia “al negocio de al lado”, puede quebrantar los fundamentos de su compañía. Pero esto también puede ocurrir si hay resentimientos entre familiares dentro del equipo. Quizás un par de primos o de hermanos compiten por quedarse con el liderazgo, o uno de ellos quisiera tener la posición del otro. La competencia sana es necesaria para el crecimiento de las firmas, pero tomar decisiones desde la envidia puede nublar el juicio y llevar al declive.

Cosas similares suceden cuando la soberbia ataca al fundador de la empresa. Si este cree que nadie puede liderar la compañía más que él, hay un problema en su percepción. Pero es posible que en cierta medida tenga razón y esto es alarmante. El pecado aquí es que al no delegar responsabilidades se estanca el negocio. Cuando un líder dice tener la razón y solo este puede hacer el trabajo, es posible que el conocimiento lo guarde para sí mismo y nadie más tenga acceso a toda la información necesaria para manejarla, ni haya sido propiamente entrenada para hacerlo.

Se ha encontrado que en las empresas familiares1, el líder retiene su posición hasta el triple de tiempo que un director general en una corporación pública. Esto significa que no solo el fundador se expone a un exceso de carga laboral, sino que priva a la compañía de la posibilidad de adoptar nuevos procesos y herramientas tecnológicas. Y, claro, si la única persona que puede manejar la firma de un día para otro ya no puede, ¿qué sucedería entonces?

A veces la incapacidad de un líder para soltar no solo viene de la soberbia, sino de que la empresa forma una parte fundamental de su autoconcepto. Cuando la compañía define a la persona y a su proyecto de vida, es sumamente difícil dejarla. Esto, tanto en el largo plazo como en el corto. Se consumen horas de trabajo y se acaparan roles y tareas, a veces para justificar esa identidad de gran empresario; lamentablemente esto sucede con muchos dueños de negocios con el paso del tiempo.

Este consumo y acaparamiento es una forma de gula. El pecado es tomar las ganancias y hacer un gasto excesivo. Como con la comida y el resto de los placeres de la vida, la clave está en medirse. Cuando después de interminables jornadas y años de esfuerzo, el empresario ve los frutos de su trabajo, merece un descanso, nadie lo niega. Es importante, sin embargo, saber premiar responsablemente: no despilfarrar en grandes explosiones, sino nutrirse poco a poco a lo largo de la existencia, integrando pequeñas recompensas de manera recurrente. Esta es la medida sana en todos los sentidos.

La pereza. Es obvio que el dueño de una empresa que no está dispuesto a trabajar y a perseverar, no verá a su compañía triunfar. Un empresario que no quiere invertir tiempo y energía en actividades recreativas y físicas junto a su familia, también peca de pereza. Ello no solo merma lo físico, sino también lo mental y emocional, lo cual se refleja directamente en la habilidad de liderar la empresa y en la forma en la que cualquier jefe dirige a sus equipos de trabajo.

Y, hablando de equipos, es importante considerar aquellos pecados que los empresarios llegan a cometer hacia los empleados. Trabajar con familiares puede devenir en privilegios, pero también estas relaciones traen problemas personales en el ámbito laboral; un conflicto marital, resentimiento entre padres e hijos, enfrentamiento entre hermanos, etc.

Estos son problemas comunes, pero no todos tienen la carga adicional de enfrentar a esa persona en casa y al día siguiente en la oficina. El manejo de dichas relaciones amerita una discusión por sí sola, pero se debe dejar en claro que la ira y cualquier emoción negativa que ocurra no puede entrar al ámbito laboral y viceversa. Si una familia no está lista para asumir lo complicado de la separación de roles que un negocio implica, el fracaso es seguro.

La separación de lo profesional y lo personal debe practicarse como cualquier otro empleado, esté o no en familia. La frustración puede venir; los errores y malos momentos llegarán, sin duda, pero permitir que el descontento se convierta en ira, que a su vez se traduzca en falta de respeto hacia cualquier miembro de una empresa, es una gran falta.

Además de la ira, la lujuria es otro pecado que puede afectar el ambiente de manera profunda. No hay una sola forma correcta de manejar relaciones interpersonales en una empresa, mucho menos en una familiar, pero permitir faltas de respeto y acoso sexual destruye por completo el entorno laboral y es una falta directa a la integridad de quienes resultan víctimas. Es importante predicar con el ejemplo y establecer políticas rígidas al respecto.

Al final, es importante reconocer que ninguna empresa o persona, está completamente “libre de pecado”. El verdadero pecado capital, en mi opinión, está en no reconocerlos y no hacer algo al respecto. El que llega al paraíso es aquel que encuentra los errores y los corrige antes de que sea muy tarde.

[1] Se recomienda consultar: https://hbr.org/2012/01/avoid-the-traps-that-can-destroy-family-businesses

 

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Mtro. y C.P.C. José Mario Rizo Rivas
Socio Director de la Oficina de Guadalajara en Salles, Sainz-Grant Thornton |  + posts